sábado, 1 de julio de 2017

Nogiku no gotoki kimi nariki (1955) Ella era como un cristanemo salvaje


Director: Keisuke Kinoshita

Guion: Keisuke Kinoshita a partir de la novela de Sachio Ito

Sinopsis: Un hombre anciano regresa a su pueblo natal donde rememora un amor adolescente truncado


Dentro de la extensa filmografía de Keisuke Kinoshita, encontramos a finales de los cincuenta y principios de los sesenta una experimentación y vanguardismo formal muy arriesgados. Si bien hizo un uso artístico sin igual del color en The River Fuefuki (1960), trazando pinceladas vivas independientes encima de los distintos planos en blanco y negro, o con la esencia artificiosa en el halo de cuento que impregna a La balada de Narayama (1958), unos años antes ya demostró su atrevimiento con She Was Like a Wild Chrysanthemum. En este caso, acercándose a su constante temática del amor rural prohibido que más tarde presenciaríamos en forma de rompecabezas cronológico en Ráfaga de nieve (1959). No obstante, esta fragmentación temporal, casi prehongsangsooniana, no aparece en la cinta que hoy nos atañe de esa manera.


Kinoshita, valiéndose de la novela de Sachio Ito, nos presenta a un hombre de avanzada edad, Chisû Ryù, quien llega en canoa a su pueblo natal donde rememora un amor truncado de hace 60 años. Tras esta introducción donde la cámara sigue al actor inmortalizado en el imaginario cinéfilo popular gracias a Yasujiro Ozu, todo ello plasmado desde un travelling que observa al personaje a la misma velocidad a lo que se mueve su embarcación, el cineasta da lugar al cambio de formato que caracteriza al filme. Saltando en el pasado, nos introducimos de la mano de Ryû en un flashback que nace de sus recuerdos y que formalmente se materializa mediante la casi esferificación de la imagen. Los bordes son sombreados en blanco y la transición entre el tiempo actual y el recordado se unen cuando la mirada del protagonista se cruza con el espacio donde se llevaron a cabo los actos en su memoria. Momento en el cual conocemos al joven Masao, el mismo anciano cuando tenía 15 años, y Tamiko, una adolescente de 17 que ha estado a su lado desde su más tierna infancia. La relación entre ambos es pura e inseparable, despertando los recelos por un lado del resto de chicos de su edad, increpándoles continuamente, pero sobre todo desde los ojos de los adultos. De esta manera, las advertencias por parte de la madre de Masao se tornan cada vez más explícitas, sobre todo al sufrir la irritante insistencia de la cuñada del niño. Siendo Tamiko considerada ya una mujer, las habladurías del entorno rural se vuelcan en un miedo incesante a que el honor de la muchacha sea mancillado antes de que contraiga matrimonio. La diferencia de edad entre ambos, dificulta el triunfo de su relación atormentando a Tamiko constantemente. Este amor acaba finalmente resentido al verse boicoteado por sus familias, quienes los separan a conciencia, pensando siempre en el deber de cara a la sociedad, pero siendo conscientes en la intimidad, sobre todo por parte del personaje de la abuela, de la infelicidad que esto provoca en los enamorados.


Kinoshita, explotando al máximo el espacio natural donde se rueda la cinta, se vale de la belleza paisajística del lugar para plasmar mediante la lírica visual los sentimientos de los protagonistas. Sus pensamientos se funden en la natura, utilizando planos detalles que se corresponden a lo observado por el anciano desde el presente. El reposo de las secuencias ayuda al espectador a construir y digerir en su interior el in crescendo de una explosión emocional  llevada con maestría hacia el melodrama en sus secuencias finales. Los  apuntes poéticos en off de la emblemática voz de Ryû es uno de los recursos más valientes y acertados del filme cuando estas reflexiones aparecen impresas de manera escrita sobre la imagen para dotar de mucha más fuerza a las distintas secuencias. A su vez, la  continua banda sonora interpretada con guitarra española, consigue el efecto punzante pero a la vez melódico que casa a la perfección con lo sentido por los personajes. La utilización de la música de origen español no será un caso único en la filmografía del director japonés, pues en otra historia de amores imposibles, Un amor inmortal (1962), este protagonizado por Hideko Takamine y Tatsuya Nakadia, estará acompañado de salvajes pero melódicos compases flamencos.






Luis Suñer




viernes, 18 de diciembre de 2015

Nijushi no hitomi (1954) Veinticuatro ojos


Director: Kiesuke Kinoshita

Guion: Keisuke Kinoshita

Nacionalidad: Japón


Sinopsis: 1928. En la idílica isla rural de Shodoshima, la joven, brillante y motivada maestra Hisaki Oishi empieza por primera vez su tarea de profesora a cargo de doce niños de primaria, los inocentes y entrañables veinticuatro ojos que la mirarán en su primer año formativo de escuela. Al principio, los métodos de enseñanza poco ortodoxos de la nueva maestra y su moderna visión de chica de ciudad provocan cierto recelo en la comunidad pero pronto niños y adultos caen bajo su irresistible encanto. Al cabo de los años, la inminente guerra cambiará sus vidas para siempre... 

Muchos conocerán la visceral película de Shohei Imamura La balada de Narayama, un filme de 1989 que se hizo con la Palma de Oro en Cannes en el certamen galo de aquel mismo año. Una visión terrenal y cercana al despertar de las pasiones humanas que supone la evolución de un pueblo apartado que sobrevive a las inclemencias de un entorno hostil. Un tono muy distinto es el que utilizó en la obra original el director del que hablaremos hoy, Keisuke Kinoshita, cuya La balada de Narayama de 1958 se aleja mucho del modo de abordarla del representante de la nueva ola japonesa anteriormente mentado. Gozando de la posibilidad de poder rodar en panorámico y a color, decide impregnar todo el relato de un halo que demuestra lo ficcionado de la obra, evidenciando el artificio y por lo tanto su esencia de cuento. Para ello se basa en los colores, jugando con la iluminación a voluntad con tal de enfatizar en lo que más le interesa.
La balada de Narayama (Kinoshita, 1958)

Sin embargo, sorprende que una película también muy reconocida de su director como es la que hoy abordamos, es decir, Veinticuatro ojos, resulte tan conservadora en el aspecto formal y no obstante, veraz, tajante y combativa en su fondo. Y es que los planos de Kinoshita se caracterizan por ser fijos, largos, utilizar el plano contraplano y realizar pequeños travellings de seguimiento siempre buscando la profundidad de lo que se aleja en el paisaje. Y aunque las imágenes que nos regala son indudablemente bellas, no es este el factor primordial a la hora de tener en gran estima un filme como este.
 

Hisaki, una joven y nueva profesora de unos niños de no más de seis años en un entorno rural debe transportarse en bicicleta para llegar a su puesto de trabajo. En pleno año 1928, los vecinos no pueden sino alterarse por la modernidad que irradia en sus ropas occidentalizadas, su manejo de un vehículo que tan solo era utilizado por el sexo masculino y sus métodos pedagógicos al aire libre. Los primeros planos de los pequeños y el uso de la música puede engalanar de manera algo cursi el planteamiento oficial, pero también sirve para fraguar la relación que guardará su protagonista con unos niños que le acompañarán el resto de sus vidas, otorgándole grandes alegrías en sus inicios, algo que se puede vislumbrar en el siempre risueño rostro. Incluso ante las adversidades, una infortunada lesión provocada a modo de broma por los propios pequeños que la obligará a cambiar el lejano colegio por uno  más cercano, no cesarán en su incansable lucha por sacar adelante a una nueva generación de jóvenes.

Pasados cinco años, cuando vuelve a cursar con los niños que acompañó en primera instancia al inicio del filme, aun vemos una Hisaki luchadora, que abraza, de manera involuntaria y desde un prisma moral totalmente personal libre de influencias, ideas comunistas o meramente contrarias al régimen fascista japonés imperante en la época. Una ideas que nacen del sentimiento antimilitarista, casi como el protagonista al que da vida Tetsuya Nakadai en la inmensa trilogía antibélica La condición humana (1959-61) de Masaki Kobayashi. Porque nuestra heroína se nota como empieza a desfallecer en su entusiasmo renovador al verse coartada por la autoridad docente, pero sobre todo al comprobar como sus preadolescentes alumnos sueñan con alistarse al ejército, absorbidos tanto por un espíritu patriótico impostado desde el régimen como por la necesidad de escalar económicamente y no acomodarse en míseros negocios de sus padres. Algo que a su vez será obligatorio para las niñas, quienes dejarán de estudiar para pasar a formar parte del mundo laboral familiar, viendo truncadas sus pocas probabilidades encontrar un futuro mejor que sea acorde a sus propios sentimientos.

Dicha prueba irrefutable de su fracaso se traduce en su desapego por la modernidad mostrada en su juventud, ya no es una de esas mujeres que vemos en películas coetáneas de Naruse, Ozu o Mizoguchi, sino que se amolda al estereotipo ajustado a su condición de mujer. Empieza a vestir a la manera tradicional, se casa y tiene hijos. No tiene reparos en admitir que ha acabado odiando su profesión, viéndose sumida en un fracaso que acrecenta su nihilismo con el irremediable estallido de la guerra abierta tanto en el continente como en el archipiélago.
   En La Calle de la vergüenza (Mizoguchi, 1956) y en El almuerzo (Naruse, 1951) vemos a esas mujeres descaradas, que se enfrentan a los hombres y que visten contra las normas usando prendas occidentales. 
                                         
Con el paso de los años, 18 en concreto, el desastre al que se ha enfrentado en forma de muerte, tanto de sus familiares como de sus antiguos alumnos, se pierden en una melancolía y un halo de pérdida de fe en el funcionamiento de la sociedad japonesa sin dejar de demostrar que su posicionamiento a favor de la vida por encima del nacionalismo era sin duda la opción correcta, aunque haya sido reprendida por jefes, alumnos o hijos. Nos topamos ante una mujer que reinicia su intento de lograr transformar la sociedad a partir de sus cimientos, pero que a su vez ha sufrido demasiado como para gozar del carácter y la fuerza juvenil de la que hizo gala al inicio del filme.
El rostro de Hisaki al inicio del filme y al final.


Luis Suñer