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miércoles, 28 de octubre de 2015

The Propaganda Game (2014)

Director: Álvaro Longoria

Guion: Álvaro Longoria

Nacionalidad: España

Sinopsis: Documental en el que se analizan las diversas técnicas y estrategias de la propaganda, centrándose en el sorprendente y siempre llamativo caso de Corea del Norte.


Tras su paso por numerosos festivales, el último de ellos el de San Sebastián, donde participó en la sección Zabaltegi, se estrena en salas comerciales el documental The propaganda game, el segundo largometraje de Álvaro Longoria tras el exitoso Hijos de la nubes (2012, producido por Javier Bardem). En esta ocasión, el director viaja a Corea del Norte y, de la mano del catalán Alejandro Cao de Benós (representante de las relaciones con occidente, y único extranjero que trabaja para el gobierno del país), intenta entender el día a día, el régimen y el encerramiento de un lugar que, en el resto del mundo, normalmente se ve desde una perspectiva paródica (el caso de la polémica a raíz de The Interview -2014- está muy convenientemente comentado en la película), o amenazante y tremendista.



De una forma parecida a la realizadora Soon Mi-Yoo en Songs from the North (2014), Longoria se aleja lo máximo posible del dogmatismo. Y lo hace poniendo en cuestión todo lo que dicen ambas partes, tanto los propios coreanos como los expertos foráneos sobre el tema que ofrecen sus testimonios, e incidiendo en el peligro de la manipulación de los medios. De este modo, el irónico montaje contrasta todo el tiempo las imágenes con las palabras, ofreciendo una miscelánea de ideas con las que, finalmente (y como era de esperar), no se llega a ninguna solución clara. El interés por tanto fundamental de The propaganda game reside en su franqueza a la hora de crear una duda razonable en torno a un misterio en el que todos parecen estar implicados y que a casi nadie le interesa resolver.


Sofia Pérez Delgado


martes, 8 de septiembre de 2015

Wolf Children (2012)


Director: Mamoru Hosoda

Guion: Mamoru Hosoda, Satoko Okudera

Nacionalidad: Japón

Sinopsis: Cuando era poco más que una adolescente, Hana se enamoró de un Hombre Lobo. Puede parecer extraño, pero durante años fueron inmensamente felices, y tuvieron dos hijos: Yuki y Ame, que nacieron también con la capacidad de convertirse en lobos. Tras la repentina muerte de su compañero, Hana decide mudarse al campo para así criar a sus hijos en un entorno tranquilo, donde sus extraordinarias facultades no sean descubiertas. 



El anuncio en 2013 del retiro como director de Hayao Miyazaki con El viento se levanta ha hecho replantearse la hegemonía del Studio Ghibli dentro la animación japonesa, y el mundo del cine ha empezado a buscar “nuevos” referentes en este campo. El nombre de Mamoru Hosoda suena con fuerza en las últimas semanas por presentar en el Festival de San Sebastián The boy and the beast, primera película de animación que participa en la Sección Oficial del mismo. Hosoda no es en absoluto un principiante ni un descubrimiento reciente: tras su paso por Toei Animation, donde trabajó en las sagas Digimon y One Piece, fue director de Madhouse, conocido entre otras cosas por ser el estudio de las películas de Satoshi Kon. Allí llevó a cabo sus reconocidos largometrajes La chica que saltaba a través del tiempo (2006) y Summer Wars (2009). En 2011, Hosoda fundó su propio estudio, Studio Chizu. La primera película de esta nueva etapa fue Wolf Children, que supone una evolución evidente dentro de la filmografía del realizador.


El filme manifiesta desde el principio la capacidad de Hosoda de introducir elementos fantásticos, pinceladas puntuales de magia, dentro de la cotidianidad: Wolf Children es una historia costumbrista en torno a una familia, con la peculiaridad de que el padre y los hijos son medio lobos. Se aleja del camino de lo alegórico o espiritual que caracterizaba a Miyazaki, quien además se resistía a abandonar la ingenuidad infantil, como ocurría en Mi vecino Totoro (1988). Por el contrario, Hososa plantea un proceso de madurez, de crecimiento y de adaptación, representado en Yuki y Ame, los dos hermanos protagonistas. Aunque sí que se relaciona con el cine del veterano maestro en su acercamiento a la naturaleza, y al cuidado y respeto de la misma; esto creará una dicotomía entre lo animal y lo humano, y al mismo tiempo, forzará la búsqueda del bienestar entre ambos aspectos. Yuki y Ame defensores de estas posturas enfrentadas, poco a poco se intercambian los roles. La película entra así en un terreno tradicionalista muy propio de la cultura japonesa, relacionado con el papel de la mujer: abnegada, entregada y resignada a su posición, algo que también se ve en el personaje de la madre, Hana.


“Aún no he hecho nada por ti”, dice Hana al final del filme ante un estupefacto Ame, que ha visto, al igual que los espectadores, como su madre sacrificaba todo por sacarles adelante a él y a su hermana. Wolf Children posee una profundidad de la que carecían las anteriores películas de Hosoda, más cómicas, frenéticas y con personajes algo más simples, que aquí ya no aparecen. Otro tema fundamental, común a los relatos de Hosoda, es el del tiempo, tanto el paso como la falta o el relativismo del mismo, con una cadencia aplicada de forma impecable al ritmo de la cinta, y un uso sutilísimo de las elipsis. Una cuestión universal que puede equipararse en su tratamiento al de obras magnas como El árbol de la vida (2011) o Boyhood (2014).  

Hosoda continúa sorprendiendo con el detallismo y la representación de la realidad también en el aspecto visual, llevado aquí a la excelencia, pero sin dejar de explorar las posibilidades expresivas que ofrece la animación. Si algo se le podía criticar al realizador era, frente a esta mímesis y al preciosismo de los paisajes y ambientes, un cierto esquematismo de sus retratos humanos. Pero en Wolf Children ese problema queda solventado, con figuras entre animales y personas que recuerdan al trabajo clásico de TMS Entertainment en series anime como Sherlock Hound. Complementa a las imágenes la banda sonora de Takagi Masakatsu, cuyos temas (un piano melancólico que proyecta las emociones, y una mayor instrumentación cuando se refieren a la naturaleza) actúan como un personaje más, y como narradores de la historia (en ocasiones más que las palabras), pero que también desaparecen en los momentos adecuados.

Fotogramas de Wolf Children, Summer Wars y la serie Sherlock Hound

Wolf Children es un cuento clásico, con una historia sencilla sobre el amor, la familia y la muerte, que destaca por conseguir, con gran habilidad, establecer el equilibrio entre lo infantil y lo adulto. Al tiempo que reformula un tema (el de los licántropos) muchas veces tratado. Una obra cumbre dentro del cine de animación actual, y, a falta de ver la participante en el festival donostiarra, la película más madura de Hosoda hasta la fecha.


Sofia Pérez Delgado

viernes, 21 de agosto de 2015

Los exiliados románticos (2015)



Director: Jonás Trueba

Guión: Jonás Trueba

Nacionalidad: España

SinopsisTres amigos deciden emprender un viaje en furgoneta desde Madrid hasta París, sin motivo aparente, tan sólo buscando el encuentro de amores idílicos y a la vez efímeros, con la única misión de sorprenderse a sí mismos y seguir sintiéndose vivos.





Unn pensamiento hace tiempo que me ronda por la mente y sin embargo todavía no lo he exteriorizado por temor a represalias. Hablar de Yasujiro Ozu son palabras mayores, sin embargo, la libertad y la coherencia en la asociación de ideas nos permite atarlo a otros nombres que a priori pueden producir cierta sorpresa en el lector. Y es que Ozu siempre se ha caracterizado por hacer hincapié en los valores familiares dentro de un relevo generacional marcado por la abertura a Occidente, y sin embargo, lo que acaba por plasmar, es el paso naturalizado de la propia existencia, de la vida. Y algo así es lo que creo que hace surcoreano Hong Sang-soo, al que me gusta llamarlo el Ozu borracho. ¡Pero si Ozu es calmado, casi nunca mueve la cámara y se vale del montaje! El coreano por su parte utiliza el plano secuencia como continuación del devenir de la vida, usando el zoom para advertir un énfasis sin romper la ilusión de verosimilitud que sí podría hacer el montaje. No obstante, los dos acaban por hablar de lo mismo, por fijar su punto de vista en la cotidianidad vital de unos personajes que se enfrentan a sus propios problemas cotidianos. Pero en el caso de Sang-soo, todo ello está marcado por la woodyalleniana comicidad de la vida, resultando todo mucho más liviano, estúpido, divertido. Se pierde en la momentaneidad de los tiempos en los que vivimos, abandonándose en la eterna juventud, vaciando las preocupaciones más capitales como hacen sus protagonistas con las botellas de soju

             El alcohol siempre presente en las reuniones sociales en el cine de Ozu (arriba) y Hong Sang-soo (abajo). 

Con esta película de Jonás Trueba me pasa algo muy parecido.  El carácter colorista de los verdes y los azules, la importancia del mar, y en definitiva, la eterna fusión del comportamiento humano de los protagonistas con el entorno natural que les envuelve, bebe indiscutiblemente del cine del francés Eric Rohmer. No es una influencia desconocida, las conversaciones imaginarias vividas en su ópera prima Todas las canciones hablan de mí (2010) ya nos remitían a películas como El amor después del mediodía (1972). Pero el hijo del ganador de un Oscar Fernando Trueba no se queda aquí. No estamos ante un continuista, sino ante alguien con un bagaje cultural del cual no puede deshacerse, aunque tampoco limitarse a la mera imitación. Jonás juega a Rohmer, pero restándole seriedad y metraje. Lo que en el francés se desarrolla durante una hora y media o dos mediante meditadísimos diálogos, el madrileño lo reduce a tres historias que abandonan los componentes más filosóficos para sumergirse en la trascendencia que reside en la naturalidad de lo simple. Se vale de un humor absurdo que violenta las situaciones y que acerca a sus personajes a un escenario mucho más terrenal que por momentos rememora al logro de verosimilitud que consigue Richard Linklater en Antes del atardecer (2004), pudiendo incluso incidir en la escena de la cena que puede evocar a su secuela Antes del anochecer (2013).

De arriba a abajo, fotogramas de obras de Jonás Trueba, Éric Rohmer y Richard Linklater.

Y entre tanto Rohmer, no borracho, pero si más liviano y llevadero, con sus ramalazos indies siempre ligados a la música de Tulsa, Los exiliados románticos se caracteriza por abarcar el nacimiento, el final, el estancamiento o el resurgir de las relaciones amorosas, acompañándose siempre de guiños burlones inherentes al carácter español y humano, regalándonos escenas como el plano secuencia rodado en París, mutando lo que en un principio es una comedia para finalizar en un alegato muy poderoso sobre los sentimientos más profundos y la desigualdad a la hora de corresponderlos. Volviendo a Todas las canciones hablan de mí, ya vivimos esa sensación en aquel doloroso plano de la novela de Milan Kundera La ignorancia. Y ahora, cinco años después, nuestros personajes se conocen como ridículos, pero no pierden la esperanza en si mismos, ni la ilusión. La vida, al igual que la escena parisina mentada, es una continua mutación, una tragicomedia constante, y entre salto evolutivo y paso atrás, viene bien darse un baño colectivo y limpiarse todas las impurezas que impiden seguir adelante.

 


Luis Suñer

viernes, 19 de junio de 2015

Onna ga kaidan wo agaru toki (Cuando una mujer sube la escalera) 1960

Director:  Mikio Naruse

Guión:  Ryuzo Kikushima

Nacionalidad: Japón

Sinopsis:  Keiko acaba de quedarse viuda y tiene que valerse por sí misma. Encuentra un empleo como anfitriona en un local de Tokio, pero además de cubrir sus propios gastos debe ayudar económicamente a un hermano enfermo y sin trabajo. Tras seducir a un rico cliente, una joven geisha deja el trabajo, cosa bastante habitual. En cambio, Keiko, que desea honrar la memoria de su marido, se niega a relacionarse con los ricos clientes de la casa.

Cuando queremos dirigir nuestra mirada hacia el papel del género femenino en la sociedad japonesa de la mitad del siglo XX, nos viene a la mente los dramas sociales del inconmensurable Kenji Mizoguchi. Películas como Los músicos de Gion (1953) o La calle de la vergüenza (1956), nos muestran una realidad contemporánea del momento donde el universo de las geishas y la prostitución parecen tambalearse erigiéndose un seguido de figuras femeninas impetuosamente luchadoras que emprenden una batalla a priori perdida contra las mujeres que se dejen dominar y contra una sociedad liderada por  hombres que mantienen en estado de subyugación al sexo femenino.  Y sin embargo, esta no parece ser la única voz crítica con la situación vivida en aquel momento. Mikio Naruse, el cuarto gran nombre del cine clásico japonés a la sombra tan solo de leyendas como Akira Kurosawa, Yasujiro Ozu y el ya mentado Kenji Mizoguchi, se vale de un estilo adoptado casi del Hollywood clásico cuya dirección se basa en una potentísima fotografía panorámica en blanco y negro y planos fijos para dotar de toda la mayor importancia y énfasis a un guión que funciona a la perfección gracias a unas actuaciones apabullantes de gran parte del reparto.


La película a la que nos referimos hoy dentro de la extensa filmografía del director nipón, es Cuando una mujer sube la escalera (1960), un relato desolador sobre una mujer viuda que se gana la vida como mujer de compañía (en el buen sentido de la palabra) prostituyendo su tiempo y falseando sus verdaderas emociones con tal de agradar a los hombres y seducir su impulso de consumir. Tras la muerte de su marido, al que siente no haber amado como este se merecía en vida, se promete huir del amor pasional lo que le lleva a esconder sus verdaderos sentimientos hacia quien regenta el negocio, un  Tetsuya Nakadai en un registro más calmado y comedido de lo normal, mostrándose hierático y liberando sus verdaderas emociones al espectador en pequeñas dosis a medida que avanza el metraje.


Si por algo destaca este filme, no es tan solo por el lado en el que apela a la fuertes sentimientos reprimidos, es también porque deambula, apunta, dispara y destapa todo un seguido de males endémicos focalizados en el papel de la mujer en la sociedad y la importancia del dinero. Mamá, que es así como se llama la protagonista, tiene que lidiar con compañeras de trabajo con mucha más consciencia (o más bien con menos escrúpulos a la hora de utilizar sus armas) de itgirl capaz de manejar el control de los hombres. Mientras el papel de estas mujeres se supone que es el de engañar a los hombres con mentiras y falsos halagos interesados, Mamá vive poco a poco una situación inversa, siendo engañada por todo tipo de hombres que tan solo encuentran en ella un divertido juguete de amabilidad emocional y sexual. A su vez, el convertirse mediante su empleo en una mujer de dinero, la perderá en la búsqueda incesante de salir de su propio universo construyéndose uno propio, comprando un local que ella misma regente fortaleciendo con ello tanto su dignidad moral como su propia liberación personal.  No podrá sin embargo repeler la incesante aproximación de una familia fracasada que repudia su trabajo pero que no le hace ascos a un dinero que no tienen reparo en arañar cualquier resquicio que les permite apelar a la debilidad de su carácter con tal de conseguir bienes económicos.  

La consecuencia de todo esto será un canto a la dignidad y a la realización personal de la mujer sacrificada que, como ya apuntaba en los filmes anteriormente mocionados de Mizoguchi, está cada vez más cerca de tomar una auténtica consciencia de si misma y por ende luchar y  elevarse como una realidad emergente destinada a cambiar el rumbo de una nación.


Luis Suñer