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viernes, 14 de agosto de 2015

Weekend (1967)


Director: Jean-Luc Godard

Guión: Jean-Luc Godard

Nacionalidad: Francia

SinopsisParticular visión del cataclismo de la burguesía a cargo del polémico y genial director francés. Una fábula apocalíptica, desencantada y satírica, definida como un nuevo viaje de Gulliver a través del colapso de la sociedad de consumo representada en una joven pareja de burgueses. Consiguió en general muy buenas críticas, que en cualquier caso avisaban: "puro territorio Godard". 


Es el mismo Jean-Luc Godard quien siempre ha defendido la postura de que el cine es un arte que se encuentra cien años por detrás en la innovación y el progreso respecto a otras disciplinas. No es extraño pues que el más vanguardista de los cineastas se valga de la confluencia de artes pictóricas, musicales, literarias e incluso de perfomances posmodernas para reforzar el que para él es el arte que le permite plasmar su pensamiento mediante la agrupación de imágenes y sonidos.



Weekend, nos sirve como puente intermediario que engloba y a la vez divide dos importantes etapas en la filmografía del joven Godard. La primera parte de esta película consta de la caótica libertad de hombres y mujeres jóvenes que ya vimos en Al final de la escapada (1960) o Banda aparte (1964), y a su vez, con la cada vez más obcecada obsesión con el uso del sonido, regalándonos un calmado plano secuencia en el que la narración (la bella sonoridad de la mera recitación que tanto proliferará en su obra posterior) de una intensa actividad sexual desatada de códigos religiosos moralmente restrictivos y que ya se exploraron de una manera más diversa en la casi documental Masculino, femenino (1966), es sublevada por una música extradiegética de tintes épicos e incluso escalofriantes que logran transgredir lo mostrado, de una manera ya experimentada en filmes como Una mujer es una mujer (1961) o Pierrot el loco (1965). 



A partir de este momento, nos embarcamos en una road movie cuyo inicio se despliega mediante un laborioso travelling en el que el coche de nuestros protagonistas avanza paulatinamente en un plano secuencia que parece querer emular una especie de antítesis del de Sed de mal (Orson Welles, 1958) y que nos sumerge en una inacabable atasco con ecos al relato escrito por Julio Cortázar tres años antes titulado “La autopista del Sur” incluido en su obra Todos los fuegos el fuego. En dicho cuento, se originaba un colapso de vehículos en la autopista entre Fontainebleau y París un domingo por la tarde (en la película estamos ante un sábado por la mañana) que se prolongaba de tal manera que acababan por florecer los más ruines instintos indivisualistas del hombre. De algo así va esta parte del filme, pues en dicho camino, se encuentran con una innumerable cantidad de cadáveres que no sirven para nada, por lo que cada uno de los afectados por esta situación, empieza a pensar en su propio bienestar ignorando las necesidades ajenas.

Superado este primer obstáculo, serán amenazados por unos desconocidos uno de los cuales se elevará como el alter ego del pensamiento godardiano. Momento clave en el cual separará la civilización como barbarie de su involución salvaje. A partir de este instante, se emprenderá un conflicto constante en la que el hombre es un lobo para el hombre que evolucionará en la lucha de clases. Cuando les pregunten si están a favor de ser sodomizados por el bloque imperialista o por el bloque comunista no podrán fallar a la hora de buscar un aliado, pues el valor de la ideología estará por encima de la empatía. Maltratarán al burgués que tiene propiedades (gran aparición musical de Jean-Pierre Léaud) de la misma manera que ellos han sido maltratados (y llevados por un rebaño de borregos con guiño a El ángel exterminador de Luis Buñuel). Sufrirán una transformación que irá ligada a la incertidumbre del existencialismo de los sesenta unido a la autoconciencia de los personajes del filme como elementos de ficción (de una manera algo diferente a como Augusto toma constancia de su irrealidad en la novela (nivola) Niebla de Miguel de Unamuno). Y todo ello, perfectamente gestado para acabar con una última pulla en la que será el mismo Godard a través de la boca de sus personajes quien denunciará el uso propagandístico que se le da a la ficción en el cine. Algo contradictorio cuando él mismo declaró que no entendía cómo se podía manipular mediante imágenes y sonido, aunque quién sabe si con el punto de ironía que impregnan a sus declaraciones los artistas adelantados a su tiempo.


Llegados al intermedio, el peso del filme se vuelca hacía lo que será el preludio de la filmografía inminentemente posterior del excrítico de Cahiers du cinéma, tomando el largometraje unos derroteros mucho más políticos, desarrollando los diálogos (o más bien monólogos) que atacan abiertamente las vías del imperialismo, alaban la libertad y promueven el revanchismo. Como ya se adelantó en La china (1967), la acción política se transforma en actividad terrorista, llevando las ideas comunistas más allá mediante el uso de la fuerza. Sin embargo, lo que en dicha película se trató con seriedad y cierto documentalismo, en el filme que hoy nos atañe se lleva a cabo de una manera mucho más simpática, evidenciando lo ridículo y a la vez idílico del regreso al punto anterior al nacimiento de la civilización, volcando la violencia sobre las especies inferiores (animales), con referencias al artista austriaco Hermann Nitsch, y también sobre la burguesía. 


Finalmente nos queda una reflexión disfrazada de diversión pero que señala apesadumbrada el peso de la falta de humanidad entre congéneres y el odio que suscitan las ideologías. A su vez, no se deja de abogar por la libertad de las tramas, de la dirección, del desarrollo de los personajes y de las posibilidades que abren la experimentación de la confluencia entre imágenes y sonidos y las teorías personales y emocionales que un autor puede exteriorizar y compartir con un público mediante ellas. ¡Y todo ello acompañado de herramientas extraídas de la Literatura, la Música o el Arte, creando un arte total capaz de englobar todas las disciplinas en pos de proyectarlas hacia la propagación del pensamiento!





Luis Suñer

domingo, 8 de marzo de 2015

Blow-up 1966



DirectorMichelangelo Antonioni 

GuiónTonino Guerra & Michelangelo Antonioni (Cuento: Julio Cortázar)

Nacionalidad: Reino Unido

Sinopsis:  Adaptación de un cuento de Julio Cortázar que narra la historia de un fotógrafo que, tras realizar unas tomas en un parque londinense, descubre al revelarlas una forma irreconocible que resulta ser un cadáver. Premiada en el Festival de Cannes con la Palma de Oro.


Hoy en día, focalizar nuestra vista en un punto concreto de una fotografía, deslizar nuestros dedos y agrandar el tamaño a nuestro antojo, está al alcance de cualquiera. Si alguien se puede anotar un tanto como visionario sobre este sistema es Steven Spielberg al adaptar la novela homónima de Philip K. Dick Minority Report en 2002. El protagonista del film del que hoy tratamos, de Michelangelo Antonioni (1912-2007), director italiano del cual destaca, entre su extensa filmografía, la trilogía de la incomunicación (La aventura, 1960, La noche, 1961 y El eclipse, 1962), es un joven que se vale un mecanismo mucho más rudimentario a la hora de acceder a toda la información que contiene una imagen por el mismo tomada.

Es necesario pararnos aquí porque este es el tema principal sobre el que gira esta extraña, atípica y anómala película ganadora de la palma de oro en el Festival de Cannes de 1966. No podía ser para menos tratándose de una adaptación de un relato del escritor argentino Julio Cortázar, asiduo a inmiscuirse en terrenos en los que, lejos de los universos ideados por García Márquez o Juan Rulfo, sigue aunando en un mismo espacio un seguido de realidades adversas e incompatibles fusionarse generando un desconcierto existencial en sus propios protagonistas.

La película se abre con un seguido de planos donde vemos a nuestro fotógrafo salir de los espacios en los que se camufla, siendo un intruso, para realizar un seguido de trabajos. Sin embargo, parece que donde más éxito tiene es en el mundo de la moda. En un ámbito en el que actúa como un Dios, sosteniendo con fuerza su cámara, ordena y manda sobre el culto al cuerpo, poseyendo su esencia física, capturando su imagen, siendo dueño y señor de lo que capta su objetivo. Materializado desde la sexualidad casi violenta, la frialdad y la severidad, el joven fotógrafo se mueve por una sociedad alienada expuesta en situaciones como la del concierto, en el que la juventud vive con aburrimiento un concierto de rock, en una escena al más puro estilo Aki Kaurismaki, con un final efectista en el que el tumulto se tira a alcanzar el fragmento de una guitarra rota por uno de los músicos, evidenciando el culto al objeto del famoso, sin sentir ningún estimulo por su actividad artística.

El joven fotógrafo tiene otros intereses, busca de realizar un libro más artístico. Se pierde en la soledad de los jardines londinenses, retrata a la gente desde la distancia. Y es que la distancia de las fotografías en el parque donde se realiza el macguffin de la película, se fusiona con la mirada subjetiva del protagonista y la mirada distante del director. Una mirada subjetiva que en ocasiones se desdobla engañando al espectador, mezclándose en el desconcierto del personaje. Así pues, el poder que confiere la imagen como material que atrapa la verdad, acaba por proliferar un sincopado ataque de búsqueda del significado intrínseco de ésta.  Se ve incapacitado por factores externos para resolver su cometido, investigar sobre el asesinato, responder a la verdad a la que apuntan las imágenes tomadas por su cámara. En un acto de valentía y libertad, llega al parque donde se encuentra el cadáver. Tras un periplo involuntario posterior, el cadáver ya no existe.

Llegamos al epílogo, unos mimos, jóvenes de excelsa vitalidad que contrarrestan con el resto de la juventud mostrada en el film, realizan un partido de tenis ficticio sin raquetas ni pelota. El fotógrafo lo observa. Se les sale la pelota de la cancha. Nuestro amigo, viéndose interpelado por ellos, va a buscar la inexistente bola y la lanza de nuevo. De repente, escucha, mientras lo vemos a él en primer plano y ellos se mantienen en fuera de campo, logra escuchar el sonido del peloteo de los improvisados tenistas. Parece que como espectador (ya no es él quien se encuentra detrás de la cámara), se ha creído la ficción que estos muchachos están llevando a cabo. Acto seguido, su figura desaparece. Nosotros también nos habíamos creído su historia. Pero en realidad no existe, nos encontramos ante una ficción.

Luis Suñer