Dirección: Paul Leni
Guión: J. Grubb Alexander, Walter Anthony (Novela: Victor Hugo)
Nacionalidad: Estados Unidos
Nacionalidad: Estados Unidos
Reparto: Conrad Veidt, Mary Philbin, Olga Baclanova, Cesare Gravina, Julius Molnar Jr., Brandon Hurst, Stuart Holmes, Sam De Grasse, George Siegmann, Josephine
Sinopsis: Nos encontramos en Inglaterra en el siglo XVII. El Rey Jaime II se encarga de eliminar a Lord Clancharlie con la ayuda del odioso bufón Barkilphedro. Clancharlie es eliminado por la tortura de la “Dama de Hierro”, mientras que su hijo ha sido entregado a unos “comprachicos” que se encargan a utilizar a niños para deformarlos quirúrgicamente y venderlos en atracciones de feria. El pequeño es nuestro protagonista, quién a última hora logra escapar y huir a través de un fantasmal paraje nevado lleno de ahorcados. Al pie de una de estas horcas encuentra a una joven muerta que porta en sus brazos el bebe de una niña y al cual rescata en la tempestad. El pequeño Gwynplaine llegará a la caravana del bonachón Ursus quién acogerá a ambos, descubriendo que el bebé está ciego y advirtiendo la deformidad del pequeño. (FILMAFFINITY)
Si nos viéramos
obligados a calificar el film El hombre
que ríe con un solo adjetivo, este sería sin lugar a dudas barroco. Esta
adaptación de la novela homónima de Víctor Hugo nos introduce en la Inglaterra de inicios
del siglo XVII en el que las miserias humanas fruto de la marginalidad y la
pobreza se confrontan a la falsedad y al derroche de la aristocracia, siendo
ambos mundos unidos por la codicia y la maldad humana, las cuales establecen un hipervínculo
por el que nuestro protagonista deberá divagar en su incesante camino hacia el
amor y la felicidad.
Paul Leni, aun
rodando esta película en Estados Unidos, no puede sino hacernos pensar que nos
hallamos ante un film alemán. A partir de una fotografía barroca que concuerda
totalmente con el relato y un uso de lo grotesco que sirven tanto en los
momentos cómicos como sobre todo en los dramáticos, siendo una especie de
preludio semiexpresionista de Freaks (1931), encontramos, sumergido en el más que arquetípico viaje del
héroe, un sinfín de pequeños detalles y momentos de brillantez que lo elevan
como una cinta de lo más notable en el periodo del cine mudo.
Un brillante Conrad Veidt será capaz de
hacernos sentir aquello que su personaje siente a través del brillo de sus
ojos, compartiendo todas sus dudas, temores y aventuras, durante casi dos horas
de metraje. Los pequeños detalles, como el cuidado de la fotografía que
comentaba así como el inciso en sentimientos de los protagonistas y la
moralidad de la gente que les rodea la convierten en un producto de calidad que
va más allá del entretenimiento, aun contando con un final un tanto alargado,
movido por una acción que a día de hoy consideraríamos palomitera, quizás
necesaria para satisfacer las expectativas del espectador de cine del momento.
Cabe destacar, a
parte de la utilización de un ser monstruoso como protagonista, algo poco
convencional, el poderío visual que contienen las escenas de alto nivel erótico,
siendo presentado el personaje de la duquesa en su cama, dejando bien claro,
tanto a Gwynplaine como al espectador, que esos son sus dominios, y claro está,
es donde mejor sabe desenvolver su papel. Este tipo de caracteres de alta
sensualidad serían censurados tras la aplicación del código Haus en el año
1934, dejándonos hasta entonces, desde los inicios del sonoro, sabiendo que
este film es una especie de mezcla de cine mudo con algunos elementos audibles, un seguido de temáticas que tardarían
lustros en volver a aparecer en las grandes pantallas estadounidenses.
Luis Suñer
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